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  1. Todos los niños tienen la ilusión de tener una profesión en el futuro. Unos dicen que quieren ser policías, otros que médicos, algunos quieren ser maestros y otros quieren ser bomberos. Pero no recuerdo ahora haberle escuchado a ningún niño decir “de mayor quiero ser escritor”. Es normal. Los escritores no tienen una profesión apasionante que seduzca los intereses de un niño.

    Sin embargo, tampoco recuerdo ahora que quería yo ser de mayor. Está claro que fuera lo que fuese no lo he conseguido. Por que soy de esos muchos que trabajan por obligación y no por devoción. Y es mi trabajo el que me permite relacionarme con mucha gente a mí alrededor. Gente a la escucho para luego impregnarme de sus vivencias e ir aprendiendo que la vida, por desgracia, no es un camino de rosas para nadie.

    Hace tiempo tuve la suerte de conocer a una persona que entró a trabajar en el departamento donde yo por entonces realizaba las funciones de contable. Una chica que nada más verla supe que era distinta al resto de los que allí ya llevábamos un tiempo. Una chica que no tenía la misma forma de ver la vida como la tenemos el resto de los mortales. Yo, como siempre, cada vez que hay una persona nueva en el departamento, intento entablar conversación para ir conociendo como es, que le gusta, a que se dedica y sobre todo, saber que espera de la vida. Aunque no doy la impresión de simpático, ya que todos me dicen que soy muy serio (todo mentiras) y que cuesta entablar una relación conmigo dado el semblante serio que mi rostro refleja, me gusta conocer el “lado místico” de la gente que me rodea. Dicho de otro modo, mas que observar su aspecto físico, a mí me gusta observar el alma de las personas y sus sentimientos.

    Así conocí a Silvia. Un alma cautivadora. Una persona de un encanto especial que hace que cuando hablas con ella vuelvas a recordar que somos personas humanas y que tenemos un corazón al que cuidar y un espíritu al que alimentar. Silvia es de esas personas que contagian esa magia especial que tienen las personas que sin saber muy bien el terreno que pisan, tiene muy claro a donde quieren llegar. Aún puedo oír su voz diciendo “a mi realmente me gustaría ser escritora”. Yo la animaba una y otra vez para que no se olvidara de aquello, para que escribiera. Por que yo sabía que algún día llegaría a ser una gran escritora.

    Mi vida, ya organizada, no me permite relajaciones de ningún tipo. Pero recordé que a mi también me gustaba escribir y retomé la afición de nuevo. Me puse manos a la obra y de nuevo frente a mi ordenador comencé a escribir. Primero una letra, luego otra. Ya tenía una palabra y luego dos. Por fin la primera frase, luego otra y un párrafo completo. Y otro mas a continuación, casi una página y luego la siguiente. La euforia hacía que las palabras comenzarán a fluir una tras otra. De nuevo otra página me colocó en el centro del relato. Ya no podía parar, había que buscar un desenlace. El primer relato casi estaba a punto de caer. Repasaba lo escrito, mejor no tocar nada, así ya estaba bien. Por fin, el final. Tres tristes páginas daban punto y final a un relato que hablaba de una amiga de la niñez. Una tal Soledad que de mayor quería ser artista.

    Pasó el tiempo tan rápido que ni me enteré de el día que Silvia se fue a trabajar en algo mas acorde a sus tendencias. No era lo que le hubiera gustado, pero por lo menos estaría mas a gusto que con su anterior ocupación. Silvia empezó a escribir columnas de opinión en el diario local. Diario que yo compraba día tras día para leer su opinión. Hasta que un día, su columna desapareció sin previo aviso. Pasaron los días y ya no podía leer nada. Incluso llamé al periódico para interesarme y lo único que me dijeron es que ya no le interesaba lo que hacía y dejó de colaborar con ellos.

    Los años transcurrieron mansamente. Nada nuevo alrededor. La monotonía cotidiana era a veces suplantada con mis arrebatos de escritor amateur. Textos llenos de letras. Líneas llenas de pasión. Textos que pacientemente iba recopilando en mi ordenador y que pasado el tiempo leía sin prisas al calor de la chimenea para recordarme que a mi de mayor, me hubiera gustado ser escritor.

    Cierto día de verano, de esos de calor abrasador, recibí una invitación para una presentación de un libro. ¿Quién estaría interesado en que yo acudiera a la presentación de una obra literaria? De todas formas aquel día no tenía nada mejor que hacer, así que decidí tomarme un respiro y acudir a la cita. A una cita formal hay que acudir de una manera formal. Así que con traje de chaqueta me dispuse a asistir a la presentación. ¿Quién sería aquella persona que me invitaba de puño y letra a la presentación de su primera obra?

    El lugar elegido era un pequeño salón de actos de una entidad bancaria. Un sitio sobrio pero acogedor. Pocas personas y ninguna conocida. Mejor, así no tendría que andar saludando a unos y otros. Ya no podía esperar mas, tenía que saber de quien se trataba y me dirigí a la mesa donde se sentarían los contertulios a presentarnos la obra para ver de que manera podía averiguar quien era el autor de la obra.

    Exactamente, tal y como pensáis se trataba de Silvia. No me lo podía creer. Había conseguido su propósito, llegar a escribir su primer libro. Y me había invitado. Y aunque el acto en sí no fue muy largo me pasé el tiempo mirando como hablaba de su obra sin ni siquiera atender a sus palabras. 

    Luego, durante el pequeño ágape que nos ofrecieron tuve la oportunidad de saludarla tras años sin verla. Traía una copia de su obra entre sus manos y sin mediar palabra me la ofreció abriendo la portada y dejando entrever unas palabras manuscritas. La felicité y leí aquello que había plasmado en la dedicatoria de la obra. 

    Primero una letra y luego otra, una palabra y otra a continuación, una frase, un párrafo y ya no puedo parar de escribir”.



    Lo mismo que tantas veces le dije cuando me comentaba que veía muy difícil aquello de empezar a escribir. Su primer libro, que no fue el último por supuesto. Luego hubo muchos más. Todos escritos con la misma pasión. 

    La pasión que la llevó a conseguir su sueño, por que Silvia, de mayor, quería ser escritora.


    DEDICADO A UNA COMPAÑERA DE TRABAJO QUE UN DIA NO MUY LEJANO LLEGARA A SER LA MEJOR ESCRITORA QUE NUNCA HAYAIS CONOCIDO.
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