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  1. El olor de las rosas

    09 febrero 2014

    Quizás el título de esta entrada sea un poco raro, pero es algo que llevo observando hace tiempo. Me refiero al ritmo de vida que llevamos, y me incluyo.

    Vivimos pendientes de la interacción y nos perdemos muchos detalles de la vida cotidiana. Y esto viene a cuento porque me he vuelto a encontrar con una persona que me presentaron hace ya un año aproximadamente.

    Antonio, persona de nombre simple, de refinados modales y de cultivada cultura me causó una grata impresión aquel día que nos presentaron. Amablemente se ofreció para tomar un café argumentando que un simple saludo se queda en un contacto, pero que acompañado de un buen café o de una buena copa puede convertirse en una amistad. Además se refuerza el contacto humano haciendo mas fácil que el próximo encuentro sea mas abierto y no se cae en la situación tan incómoda de decir para nuestro interior "¿Donde he visto yo a esta persona antes?".

    Antonio es una de esas personas que son capaces de pasar completamente desapercibidas por la vida y sin embargo también son capaces de cautivarte en un instante con alguna de sus acciones.
    Me sorprendió ver que durante toda nuestra conversación no usó su teléfono móvil, de hecho, lo único visible que portaba era un libro. Es raro encontrar a personas que durante casi una hora no miren ni una vez su móvil. A modo de despedida y para no perder su contacto le pedí su número de móvil, con mi móvil en la mano esperé para anotarlo cuando me dijo:

    - Yo no tengo teléfono móvil, te puedo dar mi teléfono fijo y mi email, pero no uso teléfono móvil.

    Me quedé estupefacto:

    - Pero ¿cómo puedes vivir sin móvil? ¿Y si alguien te necesita o tiene la urgencia de ponerse en contacto contigo?

    - No tengo tal necesidad, realmente nunca existió esa necesidad. La necesidad de estar siempre en contacto la hemos creado nosotros en base a la tecnología, no es necesario estar siempre conectado, sin embargo tenemos la imperiosa necesidad de estar siempre "on line", ¿se dice así, verdad?

    La verdad, conocer hoy en día a una persona de mi edad que no usa el móvil es, cuanto menos, curioso. Así que ya no podía dejar escapar la oportunidad y tomamos una copa tras el café.

    Me contó que habitualmente no usa su coche sino el transporte público porque le gusta mirar a las personas, lo que hacen, lo que dicen. Me contó que suele pasear mucho sin prisas, no por deporte sino por el puro placer de pasear y admirar el entorno. Y a ratos leer un libro, un libro que siempre le acompaña.

    Me cautivó, yo reconozco que con el ritmo de vida que llevo me sería muy difícil no ir sin mi móvil encima.

    Pero no acabó la cosa aquí, al salir de la cafetería tuvimos que cruzar un paso de peatones señalizado por un semáforo. Y el hablaba pausadamente mientras el semáforo se puso en verde, pero no se movió, cruzó toda la gente que estaba a nuestro lado pero nosotros no, de tal forma que el semáforo se volvió a poner en rojo. Y entonces dijo:

    - ¿Has visto? Todo son prisas, nadie se ha parado a mirar aquel pobre ciego que está en la acera de enfrente esperando pacientemente la ayuda de alguien. Parece que está vendiendo cupones, pero no es así porque lleva el bastón asido y apoyado en la acera.

    Sorprendido miré a un señor con un largo bastón blanco en la mano derecha y una larga tira de cupones en la izquierda. No estaba vendiendo cupones, estaba esperando ayuda. Triste, pero cierto, nadie le ayudó. Cruzamos en el siguiente verde y Antonio y yo ayudamos al vendedor de cupones a cruzar sin riesgo.

    Antonio, al despedirse por primera vez me dijo que lo triste de este mundo es que ya nadie se para a mirar los pequeños y maravillosos detalles que nos rodean, esos detalles que hacen que afloren nuestras emociones. Ya nadie se detiene a oler las rosas.



    De vuelta al coche crucé un parque, en él había rosas y me acerqué dudando, quería comprobar si el olor de las rosas era tal y como yo lo recordaba.

    Afortunadamente así fue, las rosas no han perdido su fragancia.
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