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  1. Genovevo

    29 junio 2011

          Si por un momento pudiera regresar al pasado de seguro elegiría aquel tórrido verano en el que montaron el taller mecánico en el barrio. Era todo un acontecimiento que nos llenaba de alegría, por que frente al taller, en el inmenso terraplén, poco a poco iban llegando coches para el desguace. Coches de esos que usaban para reciclar las piezas y que de mientas nosotros usamos como fingidos coches. La ilusión de todo niño es tener un coche, nosotros no íbamos a ser menos.


          Cuando yo era niño, no había dibujos animados durante todo el día, ni había consolas de juegos ni ordenadores para navegar por Internet y chatear, tampoco pertenecíamos a una clase pudiente ninguno de nosotros, así que los juguetes tan sólo los disfrutábamos el mágico día en que los Reyes Magos venían a visitar nuestras casas a dejarnos los juguetes nuevos. Juguetes que, claro está, no aguantaban el trote hasta el verano. Así que o nos inventábamos la manera de hacer mas corto los días o el verano se tornaba eterno. De ahí que el taller se nos ofrecía como un inesperado regalo donde poder pasar las largas horas del verano entretenidos y presumiendo de tener coche.


          El dueño del taller, Miguel, nos dejaba jugar entre la chatarra sin problemas, así que cualquier momento del día era bueno para ir a los maltrechos coches a perder el tiempo. Cada coche tenía un defecto, uno no tenía ruedas, otro no tenía asientos, otro no tenía cristales y alguno no tenía ni volante. Pero daba igual, cada uno servía para una cosa, por ejemplo, el que no tenía volante se convirtió en un “club” donde nos reuníamos a deliberar las travesuras que íbamos a hacer durante la noche. Hasta había uno que estaba cortado por la mitad, si, justo por la mitad, donde acababan los asientos delanteros, se acaba el coche. Era un bonito Austin Victoria rojo, no perdón, era medio bonito por que la parte atrás simplemente no estaba.

          Una mañana que corríamos como locos para jugar en nuestro particular parque de atracciones, nos encontramos allí al dueño del taller que nos advirtió que ese día tendríamos que hacer otras actividades menos divertidas debido a que llegaban nuevas adquisiciones a hacer compañía al resto de vehículos. Si Miguel pensaba que así no molestaríamos se equivocaba por completo. Nada mejor que decir a un niño no hagas esto, para que este deseando hacerlo.

          Así que ni cortos ni perezosos nos sentamos allí a esperar a ver que nuevos coches nos traían y cual se nos llevarían para siempre. Absortos contemplamos durante toda la mañana como aquel inmenso camión iba descargando una a una aquellas joyas que mas tarde disfrutaríamos y como se iba llevando los que ya estaban que se caían de la de piezas que Miguel les había ido extirpando cuál cirujano experto en transplantes.

          El último coche que bajaron del camión era otro flamante Austin Victoria, nuevo, impecable, casi completo, por que le faltaba la rueda delantera derecha. Miguel se afanó en buscar un punto de apoyo para sustituir la rueda que le faltaba. El camión no se marchaba y nosotros de mientras comentando lo bonito que era el coche nuevo. Con su volante, con su asientos, con sus tapacubos cromados, con sus cristales. Miguel como no queriendo comprender aquello de las prohibiciones a los niños, nos hizo especial hincapié en que aquel coche no era para jugar. Estaba listo si pensaba que nosotros no nos íbamos a adueñar de la joya de la corona.

          Pacientemente, aguardamos a nuestra mejor aliada para adueñarnos de aquella maravilla de coche. Entre las sombras, agachados y en silencio nos acercamos sigilosos, la noche nos servía de escudo para no ser vistos y así poder sentarnos a jugar. Nadie ni nada es perfecto, y al llegar junto a él nos dimos cuenta de que estaba cerrado con llave así que después de pasar todo día derritiéndonos los sesos al sol contemplamos abatidos como nuestro sueño se iba por la borda.

          El día siguiente lo pasamos pensando en como forzar la cerradura para poder entrar en el coche, que ya había pasado de ser una maravilla a ser otro coche mas de los que alli estaban moribundos. Al caer la noche, el grupo de sombras volvió a llegar hasta el vehículo para apoderarse de el. Alicates, tenazas, una ganzúa, alambre, todo, lo probamos todo y nada sirvió. La cerradura se resistía a ceder ante nuestros intentos. De pronto, un estruendo rompió el sisear de nuestras voces en la oscuridad. Mi vecino Antonio, “el toti”, bruto como el solo, decidió romper una de las ventanas pequeñas de la parte de atrás y sonriente introdujo su brazo por ella y abrió el coche. Las caras de susto se tornaron al instante en caras de felicidad. El coche era nuestro. Nos los habíamos ganado a pulso. Y también la bronca que nos propinó al día siguiente el dueño del taller que, al ver tamaño destrozo, supo al momento quienes habían sido los gañanes que habían perpetrado aquella fechoría. Como todo no puede ser malo, Miguel se alejó profiriendo insultos y diciendo que hiciéramos con el coche lo que nos saliera de nuestras más íntimas partes. Dicho y hecho. A plena luz del día observamos que el coche aparte de la rueda, le faltaba el motor. Daba igual, total no se iba a mover de allí. O tal vez si.

          Mirando bien el coche, era exactamente igual que el rojo que estaba por la mitad. Volvimos a por las herramientas. Había que actuar, un coche de semejante valía no podía lucir sin una de sus ruedas. Tras un día de duro esfuerzo conseguimos desmontar la rueda de un coche y montarla en el otro, montarla es por decir algo, por que a unos niños le puedes inventiva, pero no precisión. Por que sustituimos tuercas y tornillos por alambre del que se usa para amarrar las balas de paja. De cualquier forma, la rueda ya lucía junto al coche y lo mejor de todo es que respondía a los giros del volante. Pero aún así quedaba la prueba de fuego, había que empujar para ver si rodaba. Anda que no iba a hacerlo, aquello se movía. Iba hacia delante, hacia atrás y giraba. Teníamos coche, éramos los mejores.

    Así era Genovevo

          Si mover el coche era un triunfo, conducirlo ya sería llegar a sentir lo que siente un mayor al volante. Sentirte poderoso, saber que una maquina obedece tus órdenes. Así que nos fijamos en la cuesta por donde los tractores bajaban después de trabajar la tierra y decidimos empujar hasta allí nuestro coche, llegamos en nada, sin motor el coche casi ni pesaba y en nada nos plantamos en lo mas alto de la cuesta. Subimos todos y con un pequeño empujoncito de nada empezamos a tomar velocidad, ahora si que de verdad teníamos un coche. Una y otra vez empujamos para volver a conducir, por turno cada uno de nosotros sintió el inmenso placer que se produce al conducir un coche.

          Cada tarde, íbamos corriendo a empujar el coche para dejarnos caer de la cuesta. Pero subir y bajar dejó de tener emoción. Así que para poner algo mas de emoción nos fuimos a tomar prestabas algunas balas de paja para plantarlas en medio del camino y así poder zigzaguear entre ellas a ver quien era capaz de pasar mas cerca y de cerca que pasábamos alguna que otra vez las balas de paja sufrían las embestidas del coche. Nos divertíamos nosotros y los mayores nos observaban mientras reían al ver como jugábamos a ser mayores.

          Pero un miembro de nuestra pandilla no podía estar sin nombre, pensamos y el único nombre que se nos ocurrió fue Genovevo. Así que para bautizarlo nos las ingeniamos para conseguir pintura de color rojo y con un lápiz, una regla y una brocha, le pintamos su nombre en el capó. Ahora si que era nuestro del todo, ahora yo no dormitaba junto al resto de chatarra, un coche tan bonito no podía mezclarse con semejantes individuos y mucho menos dormir con ellos. Así que con palos, ramas, y todo lo que pudiera servir le construimos un sombrajo a modo de garaje para que durante las horas en que no estábamos con él durmiera placidamente bajo techo. Se convirtió en nuestro lugar de reunión, todo lo decidíamos dentro del coche, por que al fin y al cabo, él era miembro activo de nuestra pandilla.

          Llegó el inverno, y con el, llegaron las clases. Y Genovevo pasaba cada vez más tiempo solo. La lluvia en ocasiones nos impedía volver a subirlo a la cuesta antes polvorienta ahora convertida en un barrizal. Así que el pobre se tenía que conformar con estar bajo el improvisado techo un día si y el otro también.

          Una tarde, al irnos acercando a Genovevo mi alma se me vino a los pies al ver que le faltaban las dos ruedas de atrás. Nuestro flamante Austin había sufrido la amputación de sus extremidades traseras. Comprendimos que poco a poco empezaba a marcharse de nuestro lado. Reclamamos al dueño del taller, pero nos recordó que el coche no era nuestro sino suyo, y que como le había hecho falta algunas piezas, sin pedir permiso a nadie las tomó de Genovevo.

          Ya no se movía, pero daba igual, nosotros seguiríamos haciéndole compañía día a día, sin faltar ni uno solo. Hasta que el temido día llegó. Recuerdo aquella tarde como una de las más grises de mi infancia. Aquella tarde lloramos sin consuelo, Genovevo se había marchado. No nos dejaron ni despedirnos de él. Sin embargo, Miguel tuvo el detalle de dejarnos el capó con su nombre pintado para que nunca nos olvidáramos de él. Nos fuimos cabizbajos y nos llevamos el capó con nosotros. Ya no nos apetecía jugar con los demás coches. Y anduvimos como perdidos durante algunos días. Genovevo había sido nuestro mejor juguete, por que lo habíamos construido con nuestras propias manos. Para nosotros tenía mucho más valor que cualquier juguete comprado puesto que era el niño bonito de la pandilla.

          Aún hoy, de vez en cuando, me acuerdo de Genovevo, y si por un momento pudiera regresar al pasado de seguro elegiría aquel tórrido verano en el que montaron el taller mecánico en el barrio, para volver con mi cámara y hacernos una foto junto a nuestro primer coche.


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    Este relato fue galardonado con el Primer Premio del Certamen de Relatos Cortos "ALYARAZ" en Aljaraque en su edición 2008.

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